
El Antiedipo
GILLES DELEUZE y FELIX GUATTARI
Entrevista SOBRE EL ANTI-EDIPO
L'Arc, n.� 49, 1972, entrevista con Catherine Backes-Cl�ment
Uno de ustedes es psicoanalista, el otro fil�sofo; su libro es un cuestiona miento del psicoan�lisis y de la filosof�a que, adem�s, presenta algo nuevo: el esquizo-an�lisis. �Cu�l ser�a entonces el lugar comod�n de este libro? �C�mo �Cu�l ser�a entonces concibieron la empresa, qu� transformaciones han sido necesarias para uno y otro?
GILLES DELEUZE.� Habr�a que hablar en potencial, como las ni�as peque�as (�nos habr�amos encontrado, habr�a sucedido tal cosa...�). Conoc� a F�lix hace dos a�os y medio. �l ten�a la impresi�n de que yo iba por delante de �l, esperaba algo de m�. El caso era que yo no ten�a ni las responsabilidades de un psicoanalista ni las culpabilidades o los condicionamientos de un psicoanalizado no ten�a ninguna posici�n que mantener, lo que me daba ligereza, y me enfrentaba a la miseria del psicoan�lisis con cierto desenfado. Yo trabajaba �nicamente en el campo de los conceptos, y a�n de forma t�mida. F�lix me habl� de lo que �l llamaba, ya entonces, las m�quinas deseantes: toda una concepci�n te�rica y pr�ctica del inconsciente-m�quina, del inconsciente esquizofr�nico. Entonces tuve la impresi�n de que era �l quien llevaba la delantera. S�lo que, con todo y su inconsciente-m�quina, �l hablaba a�n en t�rminos de estructura, significante, falo, etc. No pod�a ser de otro modo, considerando la deuda que �l (como yo mismo) ten�a con Lacan. Pero me pareci� que, si encontr�bamos los conceptos adecuados para ello, todo funcionar�a mejor que con unos conceptos que ni siquiera son los del Lacan creador, sino m�s bien los de una cierta ortodoxia que se ha constituido a su alrededor. Lacan dice: �nadie me ayuda�. Nosotros le hemos ayudado esquizofr�nicamente. Precisamente porque tenemos una gran deuda con Lacan, hemos renunciado a nociones como la estructura, lo simb�lico o el significante, malas nociones que el propio Lacan siempre ha sabido distorsionar para mostrar su reverso.
De modo que F�lix y yo decidimos trabajar juntos. Al principio por carta. Despu�s, por temporadas, mediante unas sesiones en las que cada uno escuchaba al otro. Nos divertirnos mucho. Tambi�n nos aburrimos mucho. Alguno de los dos hablaba siempre demasiado. Ocurr�a a menudo que uno propon�a una noci�n que no significaba nada para el otro, y que el otro s�lo consegu�a utilizarla meses despu�s y en otro contexto. Y, adem�s, le�mos mucho; no libros enteros, m�s bien fragmentos. A veces nos encontr�bamos con cosas realmente est�pidas, que nos confirmaban lo pernicioso del Edipo y la enorme miseria del psicoan�lisis, y a veces d�bamos con cosas admirables, que nos parec�an dignas de ser explotadas. Despu�s escribimos much�simo, F�lix trata la escritura como un flujo esquizofr�nico que arrastra todo tipo de cosas. Esto es algo que me interesa especialmente: que la p�gina tenga fugas por todos lados sin dejar de estar, por otra parte, cerrada sobre s� como un huevo. Adem�s, en un libro hay siempre muchas retenciones, resonancias, precipitaciones y larvas. Llegamos a escribir realmente entre los dos, no tuvimos ning�n problema en ese sentido. Hicimos sucesivas versiones.
F�LIX GUATTARI,- Por mi parte, yo ten�a muchas �posiciones�, al menos cuatro. Yo proced�a de la Voie Communiste, y despu�s estuve en la oposici�n de izquierda; antes de Mayo del 68 escrib�amos poco (por ejemplo, las �nueve tesis de la Oposici�n de izquierda�) y agit�bamos mucho. Adem�s, yo hab�a participado en la cl�nica de La Borde en Cour-Cheverny desde que Jean Oury la fundara en 1953 como una prolongaci�n de las experiencias de Tosquelles: intent�bamos definir te�rica y pr�cticamente las bases de la psicoterapia institucional (yo, por mi parte, experimentaba con nociones como las de �transversalidad� o �fantas�a de grupo�), Y, finalmente, tambi�n me form� con Lacan desde el comienzo de los seminarios. As� que manten�a una especie de posici�n o de discurso esquizofr�nico, siempre he estado enamorado de los esquizofr�nicos, siempre me han atra�do. Hay que convivir con ellos para comprenderlo. Al menos los problemas de los esquizofr�nicos son aut�nticos problemas, no como los de los neur�ticos. Hice mi primera terapia con un esquizofr�nico y auxiliado por un magnet�fono.
El caso es que estas cuatro posiciones, estos cuatro discursos, no eran solamente posiciones o discursos, sino tambi�n modos de vida que, forzosamente, experimentaba desde un cierto desgarramiento. Mayo del 68 fue, para Gilles y para m�, como para otros muchos, una sacudida: aunque no; nos conoc�amos entonces, nuestro libro es sin duda una consecuencia de Mayo. No es que yo tuviese necesidad de unificar mis cuatro modos de vida, lo que precisaba ora m�s bien recomponerlos. Contaba con algunas referencias, como por ejemplo la necesidad de interpretar la psicosis a partir de la esquizofrenia. Pero carec�a de la l�gica necesaria para esa reconstrucci�n, Hab�a escrito en Recherches un texto titulado �De un signo a otro�, un texto muy influenciado por Lacan pero en el que ya prescind�a del significante. Ello no obstante, estaba a�n enredado en una suerte de dial�ctica. Lo que esperaba de mi trabajo con Gilles eran cosas como el cuerpo sin �rganos, las multiplicidades, la posibilidad de una l�gica de las multiplicidades con adherencias sobre el cuerpo sin �rganos... En nuestro libro, las operaciones l�gicas son al mismo tiempo operaciones f�sicas. Lo que hemos buscado en com�n, ha sido un discurso que sea a la par pol�tico y psiqui�trico, pero sin que ninguna de las dos dimensiones pueda reducirse a la otra,
� Ustedes oponen constantemente un inconsciente esquizoanal�tico, compuesto de m�quinas deseantes, al inconsciente psicoanal�tico, al que dirigen toda clase de cr�ticas. Utilizan la esquizofrenia como patr�n de referencia. Pero, �dir�an ustedes sinceramente que Freud ignoraba el dominio de las m�quinas o, al menos, de los aparatos? �Dir�an que no comprendi� el campo de la psicosis?
� F.G.- Es complejo. En ciertos aspectos, Freud ten�a plena conciencia de que su verdadero material cl�nico, su base cl�nica proced�a de la psicosis, de Bleuler y Jung. Y esto es as� hasta el final: todas las novedades del psicoan�lisis, desde Melanie Klein hasta Lacan, proceden de la psicosis. Por otra parte, est� el caso de Tausk: es posible que Freud temiese una confrontaci�n de los conceptos anal�ticos con la psicosis. El comentario sobre Schreber revela todo tipo de ambig�edades. En cuanto a los esquizofr�nicos, se tiene la impresi�n de que a Freud no le gustan en absoluto, dice sobre ellos cosas horribles, extremadamente desagradables... Ahora bien, es cierto, como usted dice, que Freud no ignoraba la maquinaria del deseo. El deseo, las maquinarias del deseo son incluso el descubrimiento propio del psicoan�lisis. Nunca en el psicoan�lisis dejan de zumbar, de chirriar, de producir. Y los psicoanalistas no dejan nunca de alimentar o de realimentar las m�quinas, sobre un fondo esquizofr�nico. Pero quiz� hacen o desencadenan cosas de las que no tienen clara conciencia. Quiz�s su pr�ctica implica operaciones incipientes que no aparecen con claridad en la teor�a. No hay duda de que el psicoan�lisis ha perturbado toda la medicina mental, como una especie de m�quina infernal. Aunque ya desde el principio estuviese sometido a compromisos, causaba perturbaciones, impon�a nuevas articulaciones, revelaba el deseo. Usted acaba de invocar los aparatos ps�quicos tal y como son analizados por Freud: aparece ah� todo un aspecto de maquinaria, de producci�n de deseo y de unidades de producci�n. Pero hay otro aspecto: la personificaci�n de estos aparatos (el super-yo, el yo, el ello), una escenograf�a teatral que sustituye las verdaderas fuerzas productivas del inconsciente por simples valores representativos. As� es como las m�quinas del deseo se convierten progresivamente en maquinarias teatrales: el super-yo, la pulsi�n de muerte como deus ex machina. Tienden progresivamente a funcionar fuera de la escena, entre bastidores. O bien como m�quinas de ilusi�n, de producci�n de efectos. Toda la producci�n de-seante queda anonadada. Nosotros decimos estas dos cosas al mismo tiempo: Freud descubre el deseo como libido, como deseo que produce; pero no cesa de enajenar la libido en la representaci�n familiar (Edipo). Sucede con el psicoan�lisis igual que con la econom�a pol�tica tal y como la ve�a Marx: Adam Smith y Ricardo descubren la esencia de la riqueza como trabajo que produce, pero no cesan de enajenarla en la representaci�n de la propiedad. El deseo se proyecta sobre una escena de familia que obliga al psicoan�lisis a ignorar la psicosis, a no reconocerse sino en la neurosis, y a dar una interpretaci�n de la propia neurosis que desfigura las fuerzas del inconsciente.
� �Es esto lo que quieren decir cuando hablan de un �giro idealista� en psicoan�lisis, asociado a Edipo, y cuando se esfuerzan en oponer al idealismo psiqui�trico un nuevo materialismo? �C�mo se articulan el materialismo y el idealismo en el dominio del psicoan�lisis?
G. D.- El objeto de nuestros ataques no es la ideolog�a del psicoan�lisis sino el psicoan�lisis en cuanto tal, tanto en su pr�ctica como en su teor�a. Y no hay, en este aspecto, contradicci�n alguna en sostener que el psicoan�lisis es algo extraordinario y, al mismo tiempo, que desde el principio marcha en una direcci�n err�nea. El giro idealista est� presente desde el comienzo. Pero no as contradictorio: aunque la putrefacci�n ya est� en el origen, en ella crecen espl�ndidas flores. Lo que nosotros llamamos idealismo en el psicoan�lisis es todo un sistema de proyecciones y reducciones propias de la teor�a y de la pr�ctica del an�lisis: reducci�n de la producci�n deseante a un sistema de representaciones llamadas inconscientes, y a las formas de motivaci�n, de expresi�n y de comprensi�n correspondientes; reducci�n de la f�brica del inconsciente a un escenario dram�tico, Edipo o Hamlet; reducci�n de las catexis sociales de la libido a catexis familiares, desviaci�n del deseo hacia coordenadas familiaristas. Edipo, una vez m�s. No queremos decir que el psicoan�lisis haya inventado a Edipo. Se limita a responder a la demanda, cada cual se presenta con su Edipo. El psicoan�lisis no hace m�s que elevar Edipo al cuadrado �un Edipo de transferencia, un Edipo de Edipo� en la ci�naga del div�n. Pues, ya sea familiar o anal�tico, Edipo es fundamentalmente un aparato de represi�n de las m�quinas deseantes, en absoluto una formaci�n propia del inconsciente en cuanto tal. Tampoco deseamos sostener que Edipo, o sus equivalentes, var�en seg�n las formaciones sociales consideradas. Estamos m�s inclinados a creer, como los estructuralistas, que se trata de una constante. Pero es la constante de una desviaci�n de las fuerzas del inconsciente. Por eso atacamos a Edipo: no en nombre de unas sociedades que no implicar�an a Edipo, sino debido a la sociedad que lo implica de un modo eminente, la nuestra, la capitalista, No atacamos a Edipo en nombre de ideales pretendidamente superiores a la sexualidad, sino en nombre de la propia sexualidad, que no se reduce al �sucio secretito de familia�. No establecemos diferencia alguna entre las variaciones imaginarias de Edipo y la constante estructural, puesto que se trata en ambos extremos del mismo atolladero, del mismo avasallamiento de las m�quinas deseantes. Lo que el psicoan�lisis llama a soluci�n o la disoluci�n de Edipo es en extremo c�mico, ya que se trata precisamente de la puesta en marcha de la deuda infinita, el an�lisis interminable, la epidemia ed�pica, su transmisi�n de padres a hijos. Cu�nto desatino, cu�ntas estupideces han podido decirse en nombre de Edipo, especialmente a prop�sito de los ni�os.
Una psiquiatr�a materialista es aquella que introduce la producci�n en el deseo y viceversa, la que introduce al deseo en la producci�n. El delirio no remite al padre, ni siquiera al nombre del padre, sino a todos los nombres de la Historia. Es algo as� como la inmanencia de las m�quinas deseantes en las grandes m�quinas sociales, Es la ocupaci�n del campo social hist�rico por parte de las m�quinas deseantes. Lo �nico que el psicoan�lisis ha comprendido de la psicosis es su l�nea "paranoica�, la que conduce a Edipo, a la castraci�n y a todos esos aparato. represivos que se han inyectado en el inconsciente. Pero el fondo esquizofr�nico del delirio, la l�nea �esquizofr�nica" que dise�a un campo ajeno a la familia, se le ha escapado por completo. Foucault dec�a que el psicoan�lisis segu�a siendo sordo a la voz de la sinraz�n. Y, efectivamente, d psicoan�lisis lo neurotiza todo y, mediante tal neurotizaci�n, no contribuye �nicamente a producir esa neurosis cuya curaci�n es interminable, sino al mismo tiempo a reproducir al psic�tico como aquel que se resiste a la edipizaci�n. Carece por completo de una posibilidad de acceso directo a la esquizofrenia. Y pierde igualmente la naturaleza inconsciente de la sexualidad debido a su idealismo, al idealismo familiarista y teatral.
� Su libro tiene un aspecto psiqui�trico o psicoanal�tico, pero tambi�n un aspecto pol�tico y econ�mico, �C�mo conciben ustedes la unidad de estos dos aspectos? �Intentan ustedes recuperar de alg�n modo la tentativa de Reich? Hablan ustedes de catexis fascistas, tanto al nivel del deseo como al del campo social. Se trata en tal caso de algo que claramente concierne al mismo tiempo a la pol�tica y al psicoan�lisis. Pero no se comprende bien qu� es lo que ustedes opondr�an a esas catexis fascistas. �Qu� es lo que se puede contraponer al fascismo? Se trata de una cuesti�n que no concierne �nicamente a la unidad de este libro, sino tambi�n a sus consecuencias pr�cticas: y estas consecuencias son de una enorme importancia, porque si nada impide esas �catexis fascistas�, si ninguna fuerza las contiene, si lo �nico que puede hacerse es constatar su existencia, �cu�l es el significado de su reflexi�n pol�tica y de su intervenci�n en la realidad?
F. G.- S�, como tantos otros, nosotros anunciamos el desarrollo de un fascismo generalizado. A�n no ha hecho m�s que empezar, no hay razones para que el fascismo no siga creciendo. Mejor dicho: o bien se construye una m�quina revolucionaria capaz de hacerse cargo del deseo y de los fen�menos del deseo, o bien el deseo seguir� siendo manipulado por las fuerzas de opresi�n y represi�n y terminar� amenazando, incluso desde el interior, a las propias m�quinas revolucionarias. Distinguimos dos clases de catexis en el campo social: las catexis preconscientes de inter�s y las catexis inconscientes de deseo. Las catexis de inter�s pueden ser realmente revolucionarias y, no obstante, permitir la subsistencia de catexis inconscientes de deseo que no lo son o que incluso son fascistas. En cierto sentido, lo que llamamos esquizoan�lisis tendr�a su punto ideal de aplicaci�n en los grupos, y especialmente en los grupos militantes: es en ellos en donde se dispone de modo m�s inmediato de un material ajeno a la familia, donde aparece el funcionamiento a veces contradictorio de las catexis. El esquizoan�lisis es un an�lisis militante, libidinal-econ�mico, libidinal-pol�tico. Al contraponer esos dos tipos de catexis sociales, no estamos contraponiendo el deseo, como fen�meno suntuario o rom�ntico, a los intereses, que ser�an econ�micos y pol�ticos; al contrar�o, pensamos que los intereses se encuentran siempre emplazados all� donde el deseo ha predeterminado su lugar. Igualmente, no hay revoluci�n conforme a los intereses de las clases oprimidas a menos que el deseo haya adoptado una posici�n revolucionaria que comprometa a las propias formaciones del inconsciente. Porque el deseo, en todos los sentidos, forma parto de la infraestructura (no creemos en absoluto en conceptos como el de ideolog�a, que no sirve de nada a la hora de analizar los problemas: no hay ideolog�as). La amenaza permanente contra los aparatos revolucionarios estriba en hacerse una idea puritana de los intereses, que nunca se realizan m�s que en provecho de una franja de la clase oprimida que realimenta una casta y una jerarqu�a por completo opresiva. Cuanto m�s se asciende en una jerarqu�a, incluso aunque se trate de una jerarqu�a seudo-revolucinaria, menos posible ser� la expresi�n del deseo (por contra. tal expresi�n aparece en las organizaciones de base, aunque sea muy deformada). A este fascismo del poder nosotros contraponemos las l�neas de fuga activas y positivas, porque tales l�neas conducen al deseo, a las m�quinas del deseo y a la organizaci�n de un campo social de deseo: no se trata de que cada uno escape "personalmente�, sino de provocar una fuga, como cuando se revienta una ca�er�a o cuando se abre un absceso. Dejar que pasen los fluidos por debajo de los c�digos sociales que pretenden canalizarlos o cortarles el paso. Toda posici�n de deseo contra la opresi�n, por muy local y min�scula que sea, termina por cuestionar el conjunto del sistema capitalista, y contribuye a abrir en �l una fuga. Denunciamos toda la tem�tica de la oposici�n hombre-m�quina, el hombre alienado por la m�quina, etc. Desde el movimiento de Mayo, el poder, apoyado por las seudo-organizaciones de izquierda, ha intentado hacer creer que s�lo se trat� de unos cuantos ni�os mimados que luchaban contra la sociedad de consumo, mientras que los obreros de verdad sab�an perfectamente d�nde estaban sus intereses... Pero jam�s hubo lucha contra la sociedad de consumo (noci�n imb�cil donde las haya. Al contrario, lo que decimos es que a�n no hay suficiente consumo, a�n no ha suficiente artificio, los intereses no estar�n jam�s de parte de a revoluci�n hasta que las l�neas d� deseo no alcancen el punto en el que e deseo y la maquina, el deseo y el artificio, sean una sola cosa, el punto en el que se rebelen por ejemplo contra los llamados �datos naturales� de la sociedad capitalista. Nada m�s f�cil que alcanzar ese punto, pues el m�s min�sculo de los deseos se eleva hasta �l, y al mismo tiempo nada m�s dif�cil, porque comporta todas las catexis del inconsciente.
G. D.� En este sentido. la cuesti�n de la unidad del libro est� fuera de lugar. Hay, ciertamente, dos aspectos: el primero es una cr�tica de Edipo y del psicoan�lisis; el segundo, un estudio acerca del capitalismo y de sus relaciones con la esquizofrenia. Pero el primer aspecto depende estrechamente del segundo. Atacamos al psicoan�lisis en los siguientes puntos (que conciernen tanto a su teor�a como a su pr�ctica): su culto a Edipo, su reducci�n de la libido a catexis familiaristas, incluso bajo las formas encubiertas y generalizadas del estructuralismo o del simbolismo. Decimos que la libido act�a mediante catexis inconscientes que difieren de las catexis preconscientes de inter�s, pero que, como estas �ltimas, conciernen al campo social. Sea una vez m�s el caso del delirio: nos preguntan si hemos visto alguna vez un esquizofr�nico, pero nosotros preguntamos a los psicoanalistas si ellos han escuchado alguna vez un delirio. El delirio no es familiar, sino hist�rico-mundial. Se delira a prop�sito de los chinos de los alemanes, de Juana de Arco y del Gran Mongol acerca de los arios y los jud�os, del dinero, del poder y de la producci�n, y no en absoluto sobre pap� y mam�. A�n m�s: la famosa �novela familiar� depende estrechamente de las catexis sociales inconscientes que aparecen en el delirio, y no a la inversa. Intentamos mostrar en qu� sentido esto es ya cierto en la infancia. Proponemos un esquizoan�lisis que se contrapone al psicoan�lisis. Basta con atenerse a los dos escollos principales con los que tropieza el psicoan�lisis: es incapaz de llegar a las m�quinas deseantes de cualquiera porque se mantiene en las figuras o estructuras ed�picas; es incapaz de llegar a las catexis sociales de la libido porque se queda en las catexis familiaristas. Esto se observa a la perfecci�n en el ejemplar psicoan�lisis in vitro del Presidente Schreber. Lo que a nosotros nos interesa (y que, en cambio, no interesa en absoluto a los psicoanalistas) es esto: �Cu�les son tus m�quinas deseantes? �Cu�l es tu manera de delirar el campo social? La unidad de nuestro libro consiste en que entendemos que las insuficiencias del psicoan�lisis, as� como su ignorancia del fondo esquizofr�nico, est�n vinculadas a su profunda pertenencia a la sociedad capitalista El psicoan�lisis es como el capitalismo: la esquizofrenia es su l�mite, pero no deja de desplazar el l�mite ni de intentar conjurarlo.
� Su libro est� lleno de referencias, de textos que se utilizan generosamente, tanto en su propio sentido cuanto a veces contra �l, pero se trata, en cualquier caso, de un libro cuyo subsuelo es una �cultura" precisa. Reconocen ustedes una gran importancia a la etnolog�a, y sin embargo poca a la ling��stica; otorgan gran relevancia a ciertos novelistas ingleses y americanos, pero apenas a las teor�as contempor�neas de la escritura. M�s concretamente, �por qu� ese ataque a la noci�n de significante, y cu�les son las razones que les hacen rechazar su sistema?
F. G.� No tenemos nada que ver con el significante. No somos los �nicos ni los primeros. Puede verse el caso de Foucault, o el reciente libro de Lyotard. La oscuridad de nuestra cr�tica del significante se debe a que se trata de una entidad difusa que todo lo reduce a una m�quina obsoleta de escritura. La oposici�n exclusiva y coercitiva entre significante y significado est� obsesionada por el imperialismo del Significante, tal y como emerge con las m�quinas de escritura. Todo remite directamente a la letra. Tal es la propia ley de la hipercodificaci�n desp�tica. Nuestra hip�tesis es �sta: el Significante es el signo del gran D�spota que, al retirarse, libera una regi�n que puede descomponerse en elementos m�nimos entre los que existen relaciones regladas. Esta hip�tesis tiene la ventaja de explicar el car�cter tir�nico, terrorista y castra-dor d�l significante. Se trata de un enorme arca�smo que remite a los grandes imperios. Ni siquiera estamos seguros de que el significante pueda servir en el terreno del lenguaje. Por ello, nos hemos vuelto hacia Hjelmslev hace tiempo que �l ha erigido una especie de teor�a spinozista del lenguaje en el cual los flujos de contenido y de expresi�n prescinden del significante. El lenguaje como sistema de flujos continuos de contenido y expresi�n, troquelado mediante constructos maqu�nicos de figuras discretas y discontinuas. En este libro a�n no hemos desarrollado nuestra concepci�n de los agentes colectivos de enunciaci�n, una noci�n que pretende superar la escisi�n entre el sujeto del enunciado y el sujeto de la enunciaci�n. Somos estrictamente funcionalistas: lo que nos interesa es c�mo funcionan las cosas, c�mo se disponen, c�mo maquinan.
El significante pertenece a�n al dominio de la pregunta: ��Qu� quiere decir esto incluso es esta misma cuesti�n en cuanto borrada. Para nosotros el inconsciente no quiere decir nada, ni tampoco el lenguaje. El fracaso del funcionalismo se debe a que se ha intentado aplicar a dominios que le son extra�os, a grandes conjuntos estructurados que, por serlo, no pueden estar formados de la manera en que funcionan. El funcionalismo, al contrario, no tiene rival en el dominio de las micro-multiplicidades, de las micro-m�quinas, de las m�quinas deseantes, de las formaciones moleculares. Y, a este nivel, no hay en absoluto m�quinas cualificadas de tal o cual manera, como por ejemplo una m�quina ling��stica, porque hay elementos ling��sticos en toda m�quina, en convivencia con elementos de otro tipo, El inconsciente es un micro-inconsciente, es molecular, y el esquizoan�lisis es un micro-an�lisis, La �nica cuesti�n es c�mo funciona, con qu� intenciones, qu� flujos, qu� procesos, qu� objetos parciales, cosas todas ellas que no quieren decir nada.
G. D.- Eso mismo es lo que pensamos de nuestro libro. De lo que se trata es de saber si funciona, y c�mo y para qui�n. Es una m�quina. No se trata de releer, habr� que hacer otras cosas. Es un libro hecho gozosamente, No nos dirigimos a quienes piensan que el psicoan�lisis sigue el camino correcto y tiene una visi�n apropiada del inconsciente. Nos dirigimos a quienes piensan que es mon�tono, triste, como un runr�n (Edipo, la castraci�n, la pulsi�n de muerte, etc.). Nos dirigimos a los inconscientes que protestan. Buscamos aliados. Tenemos gran necesidad de aliados, Tenemos la impresi�n de que nuestros aliados est�n ya por ah�, que se nos han adelantado, que hay mucha gente que est� harta, que piensan, sienten y trabajan en una direcci�n an�loga a la nuestra. no se trata de una moda, sino de algo m�s profundo, una especie de atm�sfera que se respira y en la que se llevan a cabo investigaciones convergentes en dominios muy diferentes. Por ejemplo, en etnolog�a. O en psiquiatr�a. O el trabajo de Foucault: aunque no practicamos el mismo m�todo, tenemos la impresi�n de coincidir con �l en multitud de puntos, esenciales a nuestro modo de ver, del camino que �l traz� antes que nosotros. Es verdad que hemos le�do mucho, pero un poco al azar. Nuestro problema no estriba en un retorno a Freud o a Marx. No es una teor�a de la lectura. Lo que buscamos en un libro es el modo en que abre el paso a algo que escapa a los c�digos: flujos, l�neas activas de fuga revolucionaria, l�neas de descodificaci�n absoluta que se oponen a la cultura. Incluso para los libros existen estructuras, c�digos y ataduras ed�picas, tanto m�s solapadas por cuanto no son figurativas sino abstractas. Lo que nos ha llamado la atenci�n de los grandes novelistas ingleses y americanos es ese don del que los franceses casi siempre carecen, las intensidades, los flujos, libros-m�quinas, libros para ser usados, esquizolibros. Tenemos a Artaud, y la mitad de Beckett. Quiz� se reproche a nuestro libro el ser demasiado literario. pero estamos seguros de que este reproche proceder� de profesores de literatura. Acaso tenemos la culpa de que Lawrence, Miller, Kerouac, Burroughs, Artaud o Beckett sepan m�s acerca de la esqui-zofrenia que los psiquiatras y los psicoanalistas?
� Pero �no se arriesgan ustedes a un reproche m�s serio? El esquizoan�lisis que proponen es, de hecho, un anti-an�lisis; en consecuencia, se les podr�a reprochar que valoran la esquizofrenia de manera rom�nt1ca e irresponsable; e incluso que tienen tendencia a confundir al revolucionario con el esquizo. �Cu�l ser�a su actitud ante estas posibles cr�ticas?
G. D.- F. G.- S�, una escuela de esquizofrenia ser�a una buena idea. Liberar los flujos, ir siempre un poco m�s lejos en el artificio: el esquizo es el que est� descodificado, desterritorializado. Dicho esto, no se nos puede responsabilizar de los disparates: siempre hay gente dispuesta a esgrimirlos (v�anse los ataque contra Laing y la anti-psiquiatr�a), Hace poco se public� en el Observateur un art�culo cuyo autor (un psiquiatra) dec�a: doy muestras de mi valor al denunciar las corrientes modernas de la psiquiatr�a y la antipsiquiatr�a. Nada de eso. Lo que �l hac�a m�s bien era escoger el momento adecuado en el que la reacci�n pol�tica se atrinchera contra toda tentativa de cambio en el hospital psiqui�trico y la industria del medicamento, Siempre hay una pol�tica tras los disparates. Nosotros planteamos un problema muy sencillo, similar al de Burroughs frente a la droga: �se puede alcanzar la potencia de las drogas sin drogarse, sin autoproducirse como un loco drogado? Con la esquizofrenia pasa lo mismo. Por nuestra parte, diferenciamos, de un lado, la esquizofrenia como proceso y, de otro, la producci�n del esquizofr�nico como entidad cl�nica apropiada al hospital: ambos est�n en proporci�n inversa, El esquizofr�nico del hospital es alguien que ha intentado algo y ha fracasado, que se ha derrumbado. No decimos que el revolucionario sea esquizofr�nico. Decimos que hay un proceso esquizofr�nico de descodificaci�n y desterritorializaci�n cuya conversi�n en producci�n de esquizofrenia cl�nica s�lo puede ser evitada por la actividad revolucionaria, Planteamos un problema que concierne a la estrecha relaci�n que existe entre el capitalismo y el psicoan�lisis, por una parte, y entre los movimientos revolucionarios y el esquizoan�lisis, por otra. Paranoia capitalista y esquizofrenia revolucionaria, por as� decirlo, pero no en el sentido psiqui�trico de estos t�rminos sino, al contrario, a partir de sus determinaciones sociales y pol�ticas, de las que s�lo bajo ciertas condiciones se deriva su aplicaci�n psiqui�trica. El esquizoan�lisis tiene un solo objetivo, que la m�quina revolucionaria, la m�quina art�stica y la m�quina anal�tica se conviertan en piezas y engranajes unas de otras. Si, una vez m�s, consideramos el caso del delirio, nos parece que tiene dos polos, un polo paranoico fascista y un polo esquizo-revolucionario. No deja de oscilar entre ambos polos. Esto es lo que nos interesa: la esquizia revolucionaria por contraposici�n al significante desp�tico. Por otra parte, no merece la pena contestar de antemano a los disparates, ya que son imprevisibles, como tampoco la merece luchar contra ellos cuando se producen. Es mejor hacer otras cosas, trabajar con quienes van en el mismo sentido. En cuanto a la responsabilidad o la irresponsabilidad, nada. sabemos de tales nociones: se las dejamos a la polic�a y a los psiquiatras de los tribunales.
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